La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Tales fueron las primeras gestiones del señor Quilp al acceder a su nueva propiedad. Durante algunos días, sus negocios le impidieron dedicarse a sus travesuras favoritas, pues tenía todo su tiempo ocupado en (asistido por el señor Brass) hacer el exacto inventario de todas las antiguallas del lugar, amén de vacar a otras tareas que felizmente lo mantenían ausente varias horas. Pero, ahora que su avaricia y su recelo se habían exacerbado, no se ausentaba de la casa ni una sola noche. Y como su ansia por que se produjera una solución, buena o mala, en la enfermedad del anciano iba en rápido aumento con el paso del tiempo, no tardó en empezar a murmurar y a desahogarse con exclamaciones de impaciencia.
Nell rehuía tímidamente cualquier propuesta de conversación del enano (rehuía el sonido mismo de su voz). En cuanto a las sonrisitas del abogado, no le eran menos desagradables que las muecas del otro. Vivía en tan constante temor y aprensión de toparse con uno u otro en la escalera o en el pasillo si se alejaba de la habitación de su abuelo, que raras veces la abandonaba hasta entrada la noche, cuando el silencio la alentaba a aventurarse a respirar el aire puro de otra habitación.