La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Una noche, tras acercarse cautamente a la ventana, como de costumbre, para ahogar allí sus penas (pues el anciano se había sentido peor aquel día), de repente le pareció oír a alguien pronunciar su hombre en la acera. Miró y reconoció a Kit, cuyos esfuerzos por atraer su atención consiguieron sacarla de sus tristes reflexiones.
—¡Señorita Nell! —susurró el chico.
—Sí —replicó la niña dudando si debía mantener una conversación con el presunto culpable, pero finalmente la balanza se inclinó del lado de su antiguo favorito—. ¿Qué quieres?
—Hace tiempo que quería decirle unas palabras —se explicó el chico—. Pero los que viven debajo me dicen que me vaya; no quieren que pase a verla. Usted no pensará, espero que no, que merezco ser tratado de esta manera, ¿verdad que no, señorita?
—Pues debería pensarlo —replicó la niña—. Si no, ¿por qué mi abuelo iba a estar tan enfadado contigo?
—Eso no lo sé —replicó Kit—. Pero puedo asegurarle que nunca he merecido eso ni de él ni de usted. Se lo puedo asegurar por lo que más quiero en el mundo. Y luego…, que a uno le cierren la puerta cuando sólo viene a preguntar cómo está su antiguo amo…