La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Nunca me han hablado de eso —le aseguró la niña—. No lo sabÃa, de veras. Yo nunca lo habrÃa permitido.
—Gracias, señorita —respondió Kit—. Me alegra oÃrle decir eso. Ya me decÃa yo que eso no podÃa ser cosa suya.
—Eso es cierto —asintió la niña con la mayor seriedad.
—¡Señorita Nell! —profirió el chico acercándose más a la ventana y hablando en un tono más suave todavÃa—. Aquà abajo hay nuevos amos. Eso supone un gran cambio para usted.
—Desde luego que lo supone —corroboró ella.
—Y también lo supondrá para él cuando mejore —agregó el chico, señalando a la habitación del enfermo.
—Si mejora alguna, vez… —añadió la niña incapaz de reprimir las lágrimas.
—Ah, seguro que va a mejorar —expresó Kit—. Estoy seguro de eso. No debe estar tan triste, señorita Nell. Por favor, no esté tan triste.
Estas palabras de aliento y consuelo eran escasas y dichas de manera ruda, pero conmovieron a la niña y le hicieron verter más lágrimas todavÃa.