La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Se pondrá bien pronto —dijo el chico con ardor— si usted no cae en el desánimo y no enferma también; eso lo harÃa empeorar justo ahora que está recuperándose. Cuando se recupere, háblele en mi favor, ¡se lo ruego, señorita Nell!
—Se me ha dicho que ni siquiera debo mencionar tu nombre durante mucho mucho tiempo —repuso la aludida—. No me atrevo. Y aunque pudiera, ¿de qué servirÃa una palabra amable en tu favor, Kit? Nosotros somos ahora muy pobres. Apenas tenemos de qué comer.
—No es para volver a trabajar con él —especificó el chico— por lo que le pido el favor. No es para conseguir comida y dinero por lo que he estado esperando tanto tiempo, con la esperanza de verla. Yo no vendrÃa en momentos como estos para hablarle de esas cosas.
La niña le lanzó una mirada de agradecimiento y cariño, pero esperó a que terminara de hablar.
—No, no es eso —prosiguió Kit con voz vacilante—. Es algo muy distinto. Yo no soy nada del otro mundo, lo sé, pero si pudiera hacerle creer que le he sido un criado fiel, haciendo siempre todo lo mejor que he podido y que nunca he pensado en causarle ningún mal, tal vez podrÃa…
Aquà Kit se detuvo tanto tiempo que la niña le pidió que hablara claro y deprisa, pues era muy tarde y tenÃa que cerrar la ventana.