La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Los dos peregrinos, apretándose la mano o intercambiando una sonrisa o mirada alegre, proseguían su camino en silencio. Aquella resplandeciente y hermosa mañana había algo solemne en las calles largas, desiertas, de las que, como cuerpos sin almas, habían desaparecido el carácter y la expresión habituales, no dejando más que una uniforme y muerta quietud, que lo hacía todo igual. Todo estaba tan silencioso en aquella hora temprana que la escasa y ojerosa gente con que se cruzaban parecía tan inadecuada como una lamparilla dejada arder toda la noche, débil e impotente ante la gloriosa plenitud del sol.