La tienda de antiguedades

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La ciudad se alegraba con la luz matutina, lugares que parecían lúgubres y siniestros durante la noche se mostraban ahora sonrientes, y los refulgentes rayos del sol, bailando sobre las ventanas y penetrando por las persianas y cortinas hasta los ojos de los durmientes, inundaban de luz los sueños y expulsaban las sombras de la noche. Las aves, en sus pajareras calientes pero aún tapadas y oscuras, sentían la llegada del día y se impacientaban e inquietaban en sus pequeñas celdas. Los ratones, de ojos brillantes, volvían a sus minúsculas madrigueras, donde se recogían tímidamente; el lustroso gato, olvidado de su presa, se sentaba parpadeando para captar los rayos de sol que entraban por el ojo de la cerradura y por la ranura en la puerta, ansiando la carrera saludable y el cálido baño de sol cuando le dejaran salir. Los animales más nobles seguían confinados en sus cuadras, inmóviles detrás de los barrotes y mirando, con ojos en los que se reflejaban antiguas forestas, las ramas meciéndose y el sol que se filtraba por algún ventanuco; pisaban impacientemente el suelo que sus patas prisioneras ya habían desgastado y seguían mirando. Las flores que duermen de noche abrían sus bellas corolas y las volvían hacia la claridad. La luz, el alma de la Creación, reinaba por doquier, y todas las cosas reconocían su virtud.



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