La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El anciano y la niña dejaron el camino de grava y merodearon entre las tumbas, pues por allí el terreno era más blando y suave para sus pies cansados. Al pasar por detrás de la iglesia, oyeron unas voces y se dirigieron a averiguar a quiénes pertenecían.
Eran las de dos hombres cómodamente sentados en la hierba y tan absortos en lo que estaban haciendo que no repararon en los intrusos. No resultaba difícil adivinar que se trataba de unos feriantes, de unos titiriteros que interpretaban las gestas de Polichinela, pues, encaramado con las piernas cruzadas sobre una lápida, se hallaba el monigote de ese héroe, con su nariz y barbilla ganchudas y su cara reluciente conocidas en todo el mundo. Tal vez nunca se había puesto tan en evidencia como ahora su carácter imperturbable, dado que conservaba su habitual sonrisa, a pesar de su postura harto incómoda: tenía el cuerpo dislocado, arrugado y fofo, mientras que su alargada gorra de pico, desigualmente equilibrada respecto de sus piernas muy ligeras, amenazaba con caerse al suelo en cualquier instante.