La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Thomas Codlin, el misántropo, tras soplar la zampoña hasta quedarse sin aliento, tomó posición a un lado del telón de cuadros que ocultaba al manipulador de los títeres y, con las manos en los bolsillos, se dispuso a responder a todas las preguntas y observaciones de Polichinela y a fingir de mala gana que era su más íntimo amigo, que creía en él de manera plena e ilimitada, que disfrutaba día y noche de una existencia alegre y espléndida en aquel cubículo y que en todo momento y circunstancia era la misma persona inteligente y alegre que estaban contemplando los espectadores. Todo esto lo hizo el señor Codlin con el aire de un hombre que espera lo peor y se ha resignado completamente. Durante las rápidas y enérgicas réplicas, observaba la cara de los espectadores para ver el efecto producido, sobre todo la expresión de los dueños de la posada, lo cual podía ser importante para la cena.
Sin embargo, no vio motivos para preocuparse, pues toda la función estuvo acompañada de aplausos resonantes, y los abundantes regalos fueron una prueba suplementaria del contento general. En cuanto a las risas, ninguna fue mayor que la del anciano. La risa de Nell no se oyó, pues la pobre niña se había quedado dormida, con la cabeza apoyada en el hombro de su abuelo, y no se despertó a pesar de los esfuerzos del anciano para que participara en su regocijo.