La tienda de antiguedades

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La cena fue muy buena, pero Nell se sentía demasiado cansada para tomar nada y no quería dejar al anciano hasta que este no se fuera a la cama y le diera un beso. El anciano, feliz e insensible a toda cuita y ansiedad, permaneció escuchando con una sonrisa vacía y una cara de admiración todo lo que decía su nuevo amigo. Y hasta que los dos no se retiraron bostezando a su habitación, él no quiso subir a acostarse.

Iban a descansar en una buhardilla dividida en dos compartimentos; estaban muy contentos de aquel alojamiento, pues no se habían esperado algo tan bueno. El anciano sintió cierta inquietud al acostarse y le pidió a Nell que se sentara un rato junto a su cama, como había hecho en otras ocasiones. La niña estuvo a su lado hasta que se durmió.

En la habitación de la niña había un ventanuco, una pequeña abertura practicada en la pared; lo abrió y se quedó maravillada del silencio reinante. La visión de la vieja iglesia y las tumbas a la luz de la luna, y de los sombríos árboles alrededor movidos por la brisa, la pusieron más pensativa que nunca. Cerró el ventanuco y, sentada en la cama, imaginó la vida que les esperaba.



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