La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Era un lugar silencioso, como deben ser tales lugares, salvo por el graznido de los grajos que habían construido sus nidos en las ramas de los viejos árboles altos y se llamaban unos a otros en el aire. Un pájaro lustroso volaba cerca de su nido destartalado y sacudido por el viento lanzando gritos roncos, al parecer completamente al azar y en un tono sobrio, como si hablara consigo mismo. Otro pájaro le contestó. Volvió a trinar más fuerte que antes. Otro pió, y luego otro; irritado por estas réplicas, el primero porfiaba cada vez con mayor energía. Otros picos, antes silenciosos, entraron en liza desde todas las ramas, a la derecha y a la izquierda, y desde las copas de los árboles. Y otros pájaros, recién llegados de las torres de la iglesia gris y del viejo campanario, se unieron al clamor general, que se elevaba, decaía, se inflaba, volvía a desinflarse, y así constantemente. Esta ruidosa algarabía, este descomunal revuelo, cambiaba de lugar y satirizaba la antigua inquietud de quienes yacían silenciosos bajo el musgo y la hierba, y las luchas inútiles en que habían malgastado sus vidas.