La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La niña, elevando los ojos hacia los árboles de donde provenían tantos sonidos, que para ella convertían el camposanto en un lugar más silencioso todavía, iba de tumba en tumba, deteniéndose para recolocar con esmero la zarza desprendida de algún túmulo verde, mirando por una ventana baja enrejada el interior de la iglesia, con carcomidos libros alineados sobre los bancos y la descolorida sarga cayéndose a pedazos que dejaba a la vista la madera. Después venían los bancos de los pobres, desgastados y pálidos como sus ocupantes; la ruda pila bautismal, donde los niños recibían sus nombres, el altar modesto donde se arrodillarían en el futuro y los sencillos caballetes negros que cargarían en su última visita a la vieja y umbrosa iglesia. Todo hablaba allí de un largo uso y de una silenciosa y lenta decadencia; en el pórtico, la cuerda de la campana estaba asimismo desgastada por el frecuente roce.
Se detuvo junto a la lápida humilde de un joven muerto a los veintitrés años (hacía ya de eso cincuenta y cinco años) y al rato oyó unos pasos vacilantes. Miró alrededor y vio a una mujer, encorvada por el peso de los años, agachándose junto a esa tumba, y le pidió que le leyera el epitafio.
La anciana le agradeció el favor y le explicó que en otro tiempo se sabía de memoria lo que decía, pero ahora ya no podía verlo.
—¿Es usted su madre? —preguntó la niña.