La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —No, querida: su esposa.
¿La esposa de un joven de veintitrés años? ¡Ah, claro: de aquello hacÃa cincuenta y cinco años!
—Te extrañará oÃr esto —prosiguió la anciana, meneando la cabeza—. No eres la primera en extrañarse. Muchas personas mayores que tú me han preguntado lo mismo. SÃ, yo era su esposa. La muerte no nos cambia más que la vida, querida.
—¿Viene usted aquà a menudo? —preguntó la niña.
—Vengo a sentarme aquà a menudo en verano —contestó—. Antes venÃa para llorar a mi marido, pero de eso hace ya tiempo, gracias a Dios. Cojo los lirios florecidos y me los llevo a casa —prosiguió después de un breve silencio—. Son las flores que más me gustan, y que más me han gustado en estos cincuenta y cinco años. ¡Cómo pasa el tiempo! Ya me estoy haciendo vieja.