La tienda de antiguedades

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Luego, poniéndose locuaz, le contó —aunque quien la escuchaba no era más que una niña— cómo entonces había llorado e implorado al cielo que se la llevara a ella también, y cómo la primera vez que acudió allí —una joven abrumada por el amor y el dolor— creyó que el corazón se le iba a partir. Pero aquellos días ya habían pasado y, aunque seguía sintiendo tristeza cuando acudía a la tumba, ahora podía sobrellevarlo, hasta el punto de que ya no sentía dolor, sino un placer sereno, como un deber que había aprendido incluso a saborear. Y habiendo transcurrido cincuenta y cinco años, hablaba del hombre muerto como si hubiera sido su hijo o nieto, sintiendo una gran lástima por su juventud truncada, una lástima fruto de su avanzada edad. Exaltó la fuerza y belleza masculina del difunto, que contrastaba con su propia debilidad y decadencia; y hablaba de él como si continuara siendo su marido, y veía su relación con él tal como había sido en otro tiempo y no como era ahora, y le aseguró que se reencontrarían los dos en otro mundo como si él acabase de morir y ella, olvidada de su anterior yo, sólo pensara en la felicidad de la linda joven que parecía haber muerto con él.

La niña la dejó recogiendo las flores que crecían junto a la tumba y, grave y pensativa, volvió por donde había venido.


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