La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El anciano ya estaba levantado y vestido. El señor Codlin, obligado a contemplar perpetuamente la dura realidad de la existencia, estaba recogiendo en una tela los cabos de vela todavía útiles de la función de la noche anterior, mientras su compañero recibía la felicitación de los ociosos que ocupaban el patio de la posada, quienes, incapaces de separarlo de Polichinela en su imaginación, le daban casi la misma importancia que a ese alegre bribón y lo amaban con la misma medida. Cuando creyó haber disfrutado lo suficiente de su popularidad, acudió al desayuno, donde se hallaban todos reunidos.
—¿Y a dónde se dirigen hoy? —preguntó el hombrecillo a Nell.
—La verdad es que no lo sé, aún no lo hemos decidido —contestó la niña.
—Nosotros vamos a las carreras —la informó el hombrecillo—. Si ese es vuestro camino y no os desagrada nuestra compañía, podemos viajar juntos. Si preferís ir solos, no tenéis más que decirlo y no os molestaremos.
—Iremos con vosotros —dijo el anciano—. Nell, iremos con ellos, con ellos.