La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La niña reflexionó unos instantes y, recordando que pronto tendrÃan que mendigar, y que difÃcilmente encontrarÃan un lugar mejor que donde se congregaba una multitud de damas y caballeros ricos con ganas de divertirse, decidió acompañar a aquellos hombres. Agradeció debidamente el ofrecimiento al hombrecillo y, mirando tÃmidamente a su amigo, preguntó si no habrÃa alguna objeción a que los acompañaran hasta la ciudad de las carreras…
—¿Objeción? —exclamó el hombrecillo—. Vamos, Tommy, muéstrate afable por una vez y di que te gustarÃa que vinieran con nosotros. Yo sé que te gustarÃa. Vamos, Tommy.
—Trotters —enunció el señor Codlin hablando despacio y comiendo deprisa, como si esa fuera la costumbre de filósofos y misántropos—, eres demasiado irreflexivo.
—Pero ¿qué puede haber de malo en ello? —inquirió el otro.
—No hay nada de malo en este caso concreto —precisó el señor Codlin—. Pero es un peligroso precedente, y eres demasiado irreflexivo, repito.
—Bien, van a venir con nosotros, ¿sà o no?
—SÃ, sà van a venir —sentenció el señor Codlin—. Pero tú podrÃas habérselo planteado como un favor, ¿no crees?