La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Soy yo, Short —anunció este por el ojo de la cerradura—. Sólo querÃa decirte, querida, que nos iremos mañana temprano, pues, si no salimos antes que el de los perros y el prestidigitador, en las aldeas no sacaremos ni un penique. ¿Pensáis levantaros temprano y venir con nosotros? Yo te llamaré.
La niña contestó afirmativamente y, devolviéndole las buenas noches, oyó cómo se alejaba cautelosamente. La súbita solicitud de los dos hombres le produjo cierta desazón, que aumentó al recordar su cuchicheo junto a la chimenea y la confusión que mostraron cuando ella se despertó; asÃ, no pudo librarse de la idea de que no eran los mejores compañeros que podÃa haber encontrado. Sin embargo, su aprensión era poca cosa comparada con su cansancio, y el sueño se encargó enseguida de hacérsela olvidar.
A una hora muy temprana del dÃa siguiente, Short cumplió su promesa y, llamando suavemente a su puerta, le dijo que se levantara, pues el propietario de los perros roncaba todavÃa, y si no perdÃan tiempo podrÃan adelantarse tanto a él como al prestidigitador, que estaba hablando en sueños (por lo que habÃa podido oÃrle, estaba sosteniendo un burro en el aire). La niña se levantó de la cama de un salto y despertó al anciano con tanta diligencia que los dos se declararon listos enseguida, para satisfacción y alivio de Short.