La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Después de un desayuno apresurado y muy poco ceremonioso, cuyos elementos básicos fueron beicon, pan y cerveza, se despidieron del mesonero y abandonaron el Jolly Sandboys. La mañana era hermosa y cálida, el suelo estaba frío después de la lluvia, los setos se veían más alegres y verdes, el aire era límpido y todo parecía fresco y saludable. Animados por el paisaje, el camino les resultó sumamente agradable.
No habían andado mucho cuando la niña se vio sorprendida otra vez por la conducta del señor Thomas Codlin, quien en vez de caminar aparte y refunfuñando, como había hecho hasta ahora, se mantenía cerca de ella y, en cuanto tenía la oportunidad de mirarla sin ser visto por su compañero, le recordaba con miradas furtivas y movimientos de cabeza que no debía confiar en Short, sino reservarle a él todas sus confidencias. Y no se limitaba a miradas y gestos, pues, cuando su abuelo y ella caminaban junto a Short, y ella hablaba con su acostumbrada alegría sobre lo primero que se le ocurría, Thomas Codlin testimoniaba sus celos y desconfianza arrimándose y rozándole ocasionalmente los tobillos con las patas del teatrillo, produciéndole dolor.