La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Ya estaba oscuro cuando llegaron a la ciudad; los últimos kilómetros se les habÃan hecho muy largos. Allà reinaba un gran tumulto y confusión: las calles estaban abarrotadas de gente. Se notaba la abundancia de forasteros por la extrañeza que se dibujaba en sus rostros. Las campanas de la iglesia repiqueteaban alegres, y miles de banderas ondeaban en ventanas y tejados. En los grandes patios de los mesones, los camareros revoloteaban de un lado a otro y se entrechocaban, los caballos trapaleaban sobre las piedras desiguales, los estribos de los carruajes se bajaban de golpe y de muchas mesas venÃan olores desagradables (una pesada y tibia exhalación para el olfato). En las tabernas más pequeñas, los violines sonaban frenéticamente y a contratiempo de la gente que bailaba; numerosos borrachos, olvidados de la melodÃa, se unÃan en una especie de alarido frenético que ahogaba hasta el repiqueteo de las campanas y los hacÃa ansiar más alcohol todavÃa; grupos de ociosos se apiñaban cerca de las puertas para ver bailar a alguna vagabunda y unir sus gritos al chirriante flautÃn y al ensordecedor tambor.