La tienda de antiguedades

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Ya se acercaban a la población donde se iban a celebrar las carreras al día siguiente, pues, al pasar junto a numerosos grupos de gitanos y vagabundos que iban en la misma dirección tras aparecer por caminos secundarios y atajos varios, confluyeron en una riada de gente, unos caminando junto a carretas entoldadas, otros a caballo, otros a lomos de burros, otros cargando pesados bultos a la espalda, y todos dirigiéndose al mismo punto. Las tabernas de la carretera, vacías y silenciosas en otras zonas, aquí resonaban con ruidos y gritos y se cubrían de nubes de humo; y, desde las ventanas neblinosas, grupos de gruesas caras rojas miraban la carretera. En cada parcela en barbecho o terreno comunal, un pequeño apostador había plantado su negocio ruidoso e invitaba a detenerse a los ociosos transeúntes a probar su suerte. La multitud se volvía más espesa y ruidosa. En puestos con mantel se vendía pan de jengibre dorado, también expuesto al polvo. Y a menudo pasaba apresurado un carruaje de cuatro caballos, oscureciendo todos los objetos con la nube de arena que levantaba, dejando a todos aturdidos y ciegos.






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