La tienda de antiguedades

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Nell, que, asustada y disgustada por lo que veía, conducía a su aturdido abuelo por aquel escenario delirante, agarrada a él y temiendo quedarse sola si los empujones y apreturas los separaban, aceleró el paso. Al fin salieron de la ciudad y se dirigieron al hipódromo, situado sobre una elevación, a aproximadamente un kilómetro y medio de la ciudad.

Aunque allí había también mucha gente, no muy selecta ni bien vestida, clavando estacas en el suelo para plantar las tiendas, corriendo de un lado a otro con los pies llenos de tierra y blasfemando —aunque había niños llorando de sueño sobre montones de paja entre las ruedas de los carros, y numerosos caballos delgados y burros paciendo entre los hombres y las mujeres, y mil cacharros de loza y hojalata, y fuegos a medio encender y cabos de vela que se consumían rápidamente—, a pesar de todo esto la niña estaba contenta de haberse alejado de la ciudad y de respirar un aire más limpio. Después de una cena escasa, que redujo el exiguo caudal a unas pocas monedas con las que apenas podrían desayunar al día siguiente, la niña y el anciano se echaron a descansar en el rincón de una tienda y se durmieron, pese a los ruidosos preparativos, que no cesaron en toda la noche.



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