La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Había llegado el momento de ponerse a pedir, a mendigar el pan. Poco después de amanecer, la niña salió de la tienda sin hacer ruido y se dirigió a un campo a coger rosas silvestres y otras flores con la intención de hacer pequeños ramilletes y ofrecerlos a las damas que acudieran a las carreras a bordo de sus tílburis. Pensó otras cosas mientras se ocupaba de aquello; así, cuando volvió y se sentó junto al anciano en el rincón de la tienda para componer ramilletes (mientras los dos hombres seguían durmiendo en, otro rincón), le tiró de la manga y, mirando hacia los hombres con precaución, le dijo en voz baja:
—Abuelo, no mire a estos hombres y haga como si le estuviera hablando de estas flores. ¿Qué fue lo que me dijo antes de salir de la casa vieja? Que si se enteraban de adónde nos dirigíamos, dirían que usted estaba loco y nos separarían, ¿no?
El anciano la miró con auténtico terror, pero ella lo disipó con una mirada, le pidió que sostuviera las flores mientras ella las ataba y, acercando así los labios a su oreja, prosiguió: