La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Eso fue lo que me dijo. No necesita repetÃrmelo, abuelito querido. Lo recuerdo muy bien. No podrÃa olvidarlo. Abuelito, estos hombres sospechan que hemos abandonado en secreto a nuestros amigos y pretenden llevarnos ante alguna autoridad que nos retenga y nos obligue a volver. Si no deja de temblarle la mano, no podremos nunca escapar de ellos; pero si se muestra tranquilo, lo conseguiremos fácilmente.
—¿Cómo, mi querida Nelly? —musitó el anciano—, ¿cómo? Me encerrarán en una celda oscura y frÃa, y me encadenarán a la pared. Me azotarán, Nell, y no dejarán que te vea nunca más.
—Está temblando otra vez —le reprendió la niña—. Manténgase cerca de mà todo el dÃa. No les haga caso, no los mire a ellos, sino a mÃ. Ya encontraré el momento en que podamos huir: Cuando lo encuentre, se agarra a mà sin detenerse ni pronunciar palabra. Shh. Nada más.
—¿Qué? ¡Hola! ¿Qué estás haciendo, querida? —inquirió el señor Codlin levantando la cabeza y bostezando. Y, viendo que su compañero seguÃa profundamente dormido, añadió susurrando—. Codlin es tu amigo, recuérdalo. No Short.
—Estoy haciendo unos ramilletes —contestó la niña—. Voy a ver si vendo algunas flores en los tres dÃas de carreras. ¿Quiere usted una, de regalo?