La tienda de antiguedades

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Sólo hubo una dama que pareció comprender a la niña; estaba sentada sola en un elegante carruaje mientras dos mozos con trajes relucientes, que acababan de bajarse, hablaban y reían ruidosamente a poca distancia, sin reparar en la niña. Había muchas damas alrededor, pero todas le volvían la espalda o miraban a otro lado, o a los dos citados jóvenes (no de manera desfavorable), y ninguna prestaba atención a Nelly. La dama apartó a una gitana que insistía en decirle la buenaventura alegando que ya se la había dicho años atrás, llamó a la niña y, cogiendo todas las flores, puso el dinero en su mano temblorosa y le dijo que se fuera a casa y se quedara allí, por el amor de Dios.

Siguieron de un lado a otro por aquellas hileras largas, largas, viendo de todo menos caballos y carreras. Cuando sonaba la campana para despejar la pista, descansaban entre las carretas y los burros, de donde no salían hasta que hubiera pasado el calor. Polichinela hizo alarde en muchas ocasiones de su excelente humor, pero Thomas Codlin no les quitó en ningún momento el ojo de encima, frustrando así cualquier intento de huida.




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