La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Finalmente, cuando ya caía la noche, el señor Codlin plantó el teatrillo en un sitio estratégico y la gente no tardó en congregarse alrededor del escenario. La niña, sentada detrás del anciano, pensaba en qué extraño era que los caballos, unos animales tan hermosos y tan nobles, fueran también vagabundos entre la gente, cuando una risotada general, suscitada por el ocurrente señor Short, que estaba haciendo alusión a ciertas circunstancias de la jornada, la sacó de su ensoñación y le hizo mirar a su alrededor.
Si querían irse sin ser vistos, este era el momento. Short repartía mandobles a troche y moche, empujando a los personajes contra las paredes del teatrillo, los espectadores miraban con caras risueñas y el señor Codlin parecía relajado y sonriente con la atenta mirada fija en la gente que se palpaba los bolsillos del chaleco en busca de alguna moneda de seis peniques. Si querían irse sin ser vistos, este era el momento. Lo aprovecharon y huyeron.
Se abrieron paso a través de los puestos, los carruajes y el gentío sin detenerse a mirar atrás. La campana repicaba y la pista estaba despejada cuando llegaron a las cuerdas, que franquearon prestamente, insensibles a los gritos y alaridos que les dirigían por haber violado la santidad de la barrera. Finalmente, bajando con paso rápido por la ladera, salieron al campo abierto.