La tienda de antiguedades

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—¿Qué cree que habrá sido de ellos, madre? No me irá a decir que se han embarcado.

—No los veo de marineros, no —repuso la madre con una sonrisa—. Pero no tendría nada de extraño que se hubieran ido a un país extranjero.

—¡Por favor, madre! —gritó Kit con aire desolado—. ¡No diga esas cosas!

—Pues me temo que esa es la verdad —abundó—. Es lo que dicen los vecinos, y algunos aseguran haberlos visto a bordo de un barco; ellos podrían decirte el nombre del lugar adonde han ido, que a mí me resulta demasiado difícil de pronunciar, cariño.

—¡No me lo creo! —profirió Kit—. No me creo ni una palabra de esa historia. Una panda de ociosas cotorras, ¡eso es lo que son!

—Puede que se equivoquen, por supuesto —replicó la madre—. Yo no puedo decir ni que sí ni que no, aunque puede que tengan razón, pues también se dice que el anciano se ha llevado una suma de dinero de la que nadie tenía conocimiento, ni siquiera ese enano feo del que me has hablado. ¿Cómo se llama? Ah, sí, Quilp. Y que se ha ido con la señorita Nell a vivir al extranjero, donde no le puedan quitar ese dinero ni le moleste nadie. No parece muy descabellado, ¿no crees?


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