La tienda de antiguedades

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Kit se rascó la cabeza con aire abatido, en renuente admisión de que efectivamente no le parecía descabellado. Trepó hasta el viejo clavo donde había colgado la jaula, la bajó y se dispuso a limpiarla y a alimentar al pajarillo. Sus pensamientos pasaron entonces de dicha ocupación al viejecito que le había dado el chelín y recordó que era exactamente el día, y casi la misma hora, en que el viejecito le había dicho que volvería a la casa del notario. Sin tiempo que perder, volvió a colgar la jaula y, tras explicar apresuradamente la índole de su recado, salió disparado hacia el lugar señalado.

Kit llegó con dos minutos de retraso, pues la casa del notario se hallaba a una distancia considerable de la suya; pero, para su suerte, el viejecito no había llegado aún; al menos, no había ningún tílburi con poni a la vista, ni era probable que hubiera llegado y se hubiera ido en tan breve espacio de tiempo. Aliviado al descubrir que no había faltado a la cita, se apoyó en la farola para recobrar el aliento y esperó la llegada del poni y su remolque.

Al poco tiempo asomó el poni trotando por la esquina; con la obstinación de un poni, movía las patas eligiendo los puntos más limpios sin dar muestras de apresurarse excesivamente. Detrás del poni iban sentados el viejecito y la viejecita, y esta llevaba exactamente el mismo ramillete que la ocasión anterior.


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