La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El poni, satisfecho de la naturaleza y propiedades de la toma de agua, buscaba a sus viejas enemigas las moscas y, como en aquel momento una le hacía cosquillas en la oreja, sacudió la cabeza y meneó la cola, tras lo cual volvió a sumirse en sus reflexiones, pero ahora más a gusto y más sosegado. El anciano, agotados sus poderes de persuasión, se apeó y lo condujo con la mano; a lo que el poni, tal vez porque considerara esto una concesión suficiente, tal vez porque sus ojos repararon en otra placa de cobre o tal vez porque sufrió un ataque de despecho, salió disparado con la anciana detrás y se detuvo en la casa adecuada, dejando rezagado al anciano, que llegó poco después corriendo y sin aliento.
Kit se presentó delante del poni, llevándose la mano al sombrero mientras esbozaba una sonrisa.
—¡Hombre! —gritó el anciano—. ¡El chico está aquí! Querida, ¿no lo ves?
—Le dije que estaría aquí, señor —articuló Kit, acariciándole el cuello a Whisker—. Espero que hayan tenido un viaje agradable, señor. Es un poni muy simpático.
—Querida mía —profirió el anciano—, este es un chico fuera de lo común; es un buen chico, estoy seguro.
—También yo estoy segura —refrendó la anciana—. Y estoy segura de que es un buen hijo.