La tienda de antiguedades

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Kit respondió a estos testimonios de confianza llevándose de nuevo la mano al sombrero y poniéndose muy colorado. El anciano ayudó a la anciana a apearse y, mirando a Kit con una sonrisa de aprobación, entraron en la casa hablando del joven, el cual no pudo evitar oírlos. Al poco, el señor Witherden, con la nariz pegada al ramo de flores, se asomó a la ventana para mirarlo, y después fue el señor Abel quien se asomó para mirarlo, y después se asomaron el anciano y la dama para mirarlo de nuevo, y finalmente se asomaron todos a la vez. Kit, algo violento, hacía como si no se diera cuenta y acariciaba el poni con mayor intensidad, libertad que al poni no le parecía mal.

Las caras seguían en la ventana cuando apareció en la acera el señor Chuckster con su vestimenta oficial (y el sombrero colgándole de la cabeza como podía colgar del perchero) para comunicarle que querían que entrara y que entretanto él se ocuparía del tílburi. Hecha la comunicación, el señor Chuckster aún dudaba de si Kit era un ingenuo o un picaruelo, aunque por cierto ademán de desconfianza dio a entender que se inclinaba por la última opción.




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