La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Kit entró en el despacho con aire amedrentado, pues no estaba acostumbrado a la compañÃa de unas damas y unos caballeros tan extraños, ni a aquellas cajas de hojalata y resmas de papeles polvorientos de aspecto tan austero y venerable. En cuanto al señor Witherden, era un personaje ruidoso que hablaba fuerte y deprisa. Todas las miradas se dirigieron a Kit, que se sentÃa cohibido por la pobreza de su vestimenta.
—Bien, muchacho —empezó el señor Witherden—. Has venido para acabar de ganarte el chelÃn, no para llevarte otro, ¿verdad?
—Asà es, señor —contestó Kit, armándose de valor para levantar la mirada—. Nunca he pensado otra cosa.
—¿Tienes padre? —preguntó el notario.
—Falleció, señor.
—¿Y tu madre vive?
—SÃ, señor.
—¿Se ha vuelto a casar?
Sin poder ocultar cierta indignación, Kit contestó que era una viuda con tres hijos y que, respecto a lo de casarse de nuevo, si el caballero la conociera no habrÃa preguntado tal cosa. Ante esta contestación, el señor Witherden hundió la nariz en las flores y le susurró al anciano que le parecÃa un muchacho cabal.