La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Por qué no me muerdes, por qué no me despedazas, eh, cobarde? —proferÃa Quilp con silbidos y gritos enloquecedores—. ¡Tienes miedo, matón asqueroso, tienes miedo!
El perro tiraba y tiraba de la cadena con ojos desencajados y ladridos ensordecedores mientras el enano chasqueaba los dedos con gestos de desafÃo y desprecio. Terminada esta actuación, se levantó y, con los brazos en jarras, comenzó una especie de baile demonÃaco alrededor de la perrera, hasta el lÃmite mismo de la cadena, dejando al perro al borde de un infarto. Lograda asà una disposición anÃmica de lo más agradable, volvió junto a su compañero, que no sospechaba nada y contemplaba el rÃo con aire grave, pensando en el oro y la plata que el señor Quilp le habÃa mencionado.
