La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Pero el señor Quilp no sólo controlaba a la señora Jiniwin, ya que otros asuntos exigían su constante vigilancia. Entre sus hábitos excéntricos tenía el de hacer trampas a las cartas, lo que le obligaba no sólo a seguir atentamente el juego y contar los puntos con exactitud, sino también, mediante guiños y patadas debajo de la mesa, a mantener al tanto de sus jugadas a Richard Swiveller, quien, ante la rapidez con la que se repartían las cartas y circulaban las fichas por el tablero, no dejaba de expresar sorpresa e incredulidad. Como la señora Quilp era la compañera del joven Trent, por cada mirada y palabra que se cruzaban y cada carta que jugaban, el enano mantenía los ojos y los oídos en estado de máxima alerta. Y no sólo se ocupaba de lo que sucedía encima de la mesa, sino también de las señales que podían intercambiarse por debajo, y para detectarlas tendía todo tipo de trampas; por ejemplo, pisaba un pié a su esposa para ver si gritaba o permanecía silenciosa, en cuyo caso quedaba claro que Trent le había pisado antes el pie. Y, para, colmo de preocupaciones, no le quitaba ojo a la vieja señora: cuando esta acercaba subrepticiamente una cucharilla a un vaso próximo (lo que hacía a menudo) para probar su contenido, Quilp le daba un manotazo en el momento mismo en que iba a disfrutar de su triunfo y le imploraba con burla que velara por su preciosa salud. Quilp no bajó nunca la guardia ni flaqueó en el transcurso de la velada en el desempeño de sus tareas de vigilancia.