La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al final, después de muchas partidas y de dar buena cuenta de la botella de ron, el señor Quilp aconsejó a su señora que se retirara a descansar. Esta obedeció mansamente, seguida de su indignada madre. Poco después cayó dormido el señor Swiveller, y el enano aprovechó para mantener en voz baja una charla con el invitado que quedaba.
—Mejor no decir más que lo indispensable a nuestro digno amigo —susurró Quilp, haciendo una mueca en dirección al dormido Dick—. Es un asunto entre nosotros dos, ¿no, Fred? ¿Se casará con el tiempo con la sonrosada Nell?
—Parece que usted tiene también algún interés en el asunto —respondió el otro.
—Por supuesto que lo tengo, querido Fred —afirmó Quilp, sonriendo ante las descaminadas sospechas de su nuevo amigo—. Tal vez sea venganza, tal vez mero capricho. Pero tengo medios, Fred, tanto para secundar el proyecto como para oponerme. ¿Cómo debo actuar? Hay dos platillos en la balanza, y tengo que inclinarme por uno.
—Inclínese por el mío, entonces —propuso Trent.
—Hecho está, Fred —respondió Quilp, extendiendo su mano cerrada y abriéndola como si hubiera soltado algún peso—. La balanza se inclina ahora de su lado. No lo olvide.