La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿A dónde han ido? —preguntó Trent.
Quilp sacudió la cabeza y dijo que ese punto lo desconocÃa, pero que podrÃa conocerse fácilmente. Una vez conocido, empezarÃan las gestiones preliminares. Él visitarÃa al anciano, aunque también podrÃa hacerlo Richard Swiveller, y afectando una profunda preocupación por él, y pidiéndole que se estableciera en alguna buena casa, inducirÃa a la niña a que mirara a Dick con gratitud y favor. Gracias a esta buena impresión, serÃa fácil ganarla en un par de años; pues ella suponÃa que el anciano era pobre, y ya se sabe que la celosa polÃtica de este (como la de muchos avaros) es fingir y decir a todos que es pobre.
—Ha fingido a menudo ante mà —convino Trent.
—¡Ah! ¡Y ante mà también! —repuso el enano—. Cosa en verdad extraordinaria, pues yo sé lo rico que es realmente.
—Supongo que debe saberlo —dijo Trent.
—Supone bien, en efecto —convino el enano; y en esto, al menos, decÃa la verdad.
Tras unas cuantas palabras más susurradas, volvieron a la mesa; el joven despertó a Richard Swiveller y le informó de que era hora de irse. Dick recibió esta noticia con agrado, pues se levantó al punto. Tras intercambiar unas palabras con Quilp para reafirmar su confianza en el resultado del proyecto, le desearon buenas noches y él hizo lo propio con una sonrisita.