La tienda de antiguedades

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Quilp reptó hasta la ventana en el momento en que ellos salían a la calle y arrimó el oído. Trent estaba haciendo una apología de su esposa, y los dos se preguntaron por qué clase de encantamiento podía esta haberse dejado seducir por semejante feto. Con una sonrisa mayor aún, el enano vio cómo sus sombras se alejaban y, en medio de la oscuridad, se deslizó sigilosamente hasta su cama.

Al urdir su plan, ni Trent ni Quilp habían dedicado un solo pensamiento a la felicidad o desdicha de la pobre e inocente Nell. Habría sido extraño que el descerebrado libertino, que era el instrumento de los dos, se hubiera inquietado por consideraciones de esa índole; pues la alta opinión que tenía de sus méritos y valía personales hacía el proyecto más que justificable; y, al haber sido visitado por un huésped tan insólito como la reflexión, siendo un bruto que sólo buscaba la gratificación de sus apetitos, tranquilizaba su conciencia pensando que no pretendía golpear ni matar a su esposa, pues, después de todo lo dicho y hecho, no habría sido sino un marido del montón, perfectamente soportable.





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