La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Cuando se levantaron y tomaron la senda umbrosa que conducía a través del bosque, la niña se adelantó, dejando con sus pasitos una impronta en el musgo, que se elevaba elástico bajo su leve presión y la restituía, como hacen los espejos con la respiración; y así, con frecuentes miradas hacia atrás y alegres ademanes, ora apuntaba furtivamente a algún solitario pájaro que se había posado a piar en una rama atravesada en el camino, ora se detenía a escuchar los cantos que rompían el feliz silencio o a mirar el sol estremecido entre las ramas filtrándose por los troncos cubiertos de hiedra de árboles viejos y robustos que abrían avenidas de luz. Tras haber avanzando un buen trecho, apartando las ramas que se arracimaban en su camino, la serenidad simulada de la niña empezó a calar en su pecho seriamente. El anciano ya no lanzaba atrás miradas de miedo, sino que se sentía a gusto y alegre, pues, cuanto más se adentraban en la profunda sombra verde, más sentían el apacible espíritu de Dios, que los impregnaba de su paz.
Finalmente, el sendero, ahora menos intricado, los llevó al final del bosque y a una carretera comarcal. Después de una corta distancia, abocaron a un sendero sombreado por ramas que se entrelazaban sobre sus cabezas formando una arcada sobre el estrecho camino. Un desvencijado cartel anunciaba una aldea a cuatro kilómetros y medio de distancia; y hacia allá dirigieron sus pasos.