La tienda de antiguedades

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Los kilómetros se les hacían tan largos que creyeron haberse desviado del camino. Pero al final, para su gran alegría, este iniciaba una pendiente pronunciada, a cuyos lados discurrían sendas veredas; abajo, en un hoyo boscoso, se arracimaban las casas de la aldea.

Era una pequeña aldea. Varios hombres y niños jugaban al críquet en un prado; y como había personas observando a los jugadores, se movieron arriba y abajo, a derecha e izquierda, sin saber a quién preguntar por un alojamiento barato. Vieron a un anciano en el jardincito delantero de su pequeña casa, pero no se atrevieron a acercarse a él, pues era el maestro de la escuela; en efecto, encima de la ventana aparecía escrito «Escuela» con letras negras sobre una madera blanca. Era un hombre pálido, de aspecto sencillo y constitución enjuta; sentado entre sus flores y colmenas en el pequeño porche, fumaba una pipa.

—Háblale tú, cariño —susurró el anciano.

—Casi me da miedo molestarlo —respondió la niña tímidamente—. No parece que nos haya visto. Tal vez si esperamos un poco…, puede que mire hacia aquí.


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