La tienda de antiguedades

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Esperaron, pero el maestro no miró en aquella dirección; seguía sentado en silencio, sumido en sus pensamientos. Tenía un rostro amable. Parecía pálido y demacrado, con su viejo traje negro. Creyeron descubrir un aire solitario en él y en la casa, acaso porque los demás se hallaban alegremente congregados en el prado y él parecía el único hombre solo de la aldea.

Estaban muy cansados, y la niña se habría atrevido a abordar al maestro de escuela de no haber sido porque algo en sus modales parecía denotar que se hallaba incómodo o triste. Mientras se decidían, vieron que, tras permanecer un rato sentado completamente ensimismado, el hombre dejaba a un lado la pipa, daba unas vueltas al jardín, se acercaba a la puerta, miraba en dirección al prado, cogía de nuevo la pipa con un suspiro, se volvía a sentar y se sumía en sus reflexiones.

Como no aparecía nadie y pronto iba a ser de noche, Nell se armó de valor y, cuando el maestro volvió a sentarse y a empuñar la pipa, se aventuró a acercarse, llevando a su abuelo de la mano. El leve ruido producido al levantar el cerrojo del portillo le hizo al maestro levantar la mirada. Los miró con amabilidad, pero también con aire de desencanto, pues sacudió ligeramente la cabeza.


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