La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Sus sueños versaron sobre el pequeño alumno, no encerrado en un ataúd, sino rodeado de ángeles y sonriendo feliz. Despertada por los alegres rayos del sol, ya no le quedaba sino despedirse del pobre maestro y proseguir la marcha.
Cuando recogieron sus cosas, listos para la partida, la escuela ya habÃa empezado. En el aula oscurecida, el ruido del dÃa anterior habÃa vuelto de nuevo: un poco más atemperado tal vez, pero muy poco. El maestro se levantó de la mesa y los acompañó hasta el portillo.
La niña le ofreció con mano temblorosa el dinero que una señora le habÃa dado en las carreras por las flores, y le dio las gracias balbuceando y ruborizada al pensar en la insignificancia de la suma ofrecida. El maestro le rogó que se guardara el dinero, se inclinó para besarla en la cara y volvió a la escuela.
Apenas habrÃan dado media docena de pasos cuando el maestro salió de nuevo a la puerta; el anciano volvió sobre sus pasos para estrecharle la mano, y la niña hizo lo mismo.
—¡Que la suerte y la felicidad les acompañen! —expresó el pobre maestro—. Yo soy ahora un hombre solitario. Si alguna vez pasan de nuevo por aquÃ, no se olviden de esta pequeña escuela.