La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Nunca la olvidaremos, señor —prometió Nell—; y siempre le estaremos agradecidos por su amabilidad.
—He oÃdo a menudo estas mismas palabras de labios de muchos niños —se lamentó el maestro, meneando la cabeza y sonriendo pensativamente—. Palabras pronto olvidadas. Yo habÃa cogido cariño a un joven amigo, mi mejor amigo pese a ser tan joven… Pero ahora todo ha terminado. ¡Que Dios les bendiga!
Se despidieron de él varias veces, y reanudaron el camino despacio y volviendo la mirada a menudo hasta que dejaron de verlo. Finalmente, la aldea quedó tan atrás que incluso perdieron de vista el humo que se elevaba sobre los árboles. Ahora caminaban a buen paso, resueltos a tomar la carretera principal y seguirla a la buena de Dios.
Pero las carreteras principales llevan muy muy lejos. A excepción de un par de caserÃos por donde pasaron sin detenerse y de una taberna solitaria junto, a la carretera, donde se procuraron algo de pan y queso, el camino no los llevó a ninguna parte —ya era mediodÃa— y, a lo lejos, siempre se divisaba la misma carretera tediosa, serpenteante, que habÃan seguido a lo largo del dÃa. Pero como no tenÃan más remedio que seguir caminando, eso hicieron, cada vez más despacio, pues estaban muy muy cansados.