La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El mediodía se había convertido en una hermosa tarde cuando llegaron a un punto en el que la carretera describía una curva pronunciada y atravesaba un espacio verde. En el borde de este espacio, y cerca de la valla que lo separaba de los campos de cultivo, había una caravana detenida; contra ella, dada su situación, se toparon sin poder evitarlo.
No era un carromato viejo ni desvencijado, sino una casita coqueta sobre ruedas, con cortinas blancas de bombasí en las ventanas y postigos verdes encuadrados por paneles de un rojo vivo, un feliz contraste de colores que imprimía al conjunto un aspecto muy vistoso. Ni tampoco era una pobre caravana tirada por un burro o un caballo famélico, sino por un par de caballos, de muy buen aspecto, que pastaban en la hierba fresca. No era, pues, ninguna caravana de gitanos, dado que en la puerta abierta (adornada con una brillante aldaba dorada) estaba sentada una señora fornida y de aspecto saludable, tocada con un gran gorro adornado con muchos lazos. Y que no era la caravana de un indigente resultaba obvio por la ocupación de la dama, que grata y reconfortantemente tomaba el té. El juego de té, más una botella un tanto sospechosa y una loncha de jamón, se hallaba sobre un tambor cubierto con un mantel blanco. Y allí, como a la mesa más confortable del mundo, tomaba su té aquella mujer itinerante disfrutando del paisaje.
