La tienda de antiguedades

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La dueña de la caravana iba sentada junto a una ventana, rezumando el orgullo y la poesía de aquellos instrumentos musicales, y la pequeña Nell y su abuelo en el otro lado, en el humilde ámbito del calentador de agua y de las sartenes, mientras el vehículo se arrastraba desplazando lentamente el paisaje que se oscurecía. Al principio, los dos viajeros hablaron poco, y sólo entre susurros, pero conforme fueron familiarizándose con el habitáculo, empezaron a conversar con mayor libertad sobre los lugares por los que pasaban y los diferentes objetos que se presentaban a su vista, hasta que el anciano cayó dormido. Entonces la dueña de la caravana invitó a Nell a sentarse a su lado.

—Bien, pequeña —empezó— ¿qué te parece esta manera de viajar?

Nell contestó que le parecía muy agradable, a lo que la mujer observó que lo era para las personas que tenían un temperamento alegre. Por su parte, precisó, a ella le preocupaba un decaimiento que exigía un constante estimulante; aunque, si dicho estimulante provenía de la sospechosa botella o de otra fuente, no lo dijo.

—Es la suerte que tenéis los jóvenes —continuó—. Vosotros no sabéis qué es estar triste. Además, siempre tenéis buen apetito, lo cual es un gran consuelo.


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