La tienda de antiguedades

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Nell pensó que, por su parte, la mujer podía prescindir perfectamente del apetito, toda vez que no había nada en su aspecto ni en su manera de tomar el té que invitara a la conclusión de que su gusto natural por la carne y la bebida le faltase en absoluto. Pero asintió en silencio, por educación, a lo que dijo la señora y esperó a que hablara de nuevo.

Pero esta, en vez de hablar, permaneció un buen rato en silencio junto a la niña; luego, levantándose, sacó de un rincón un rollo grande de lienzo de aproximadamente un metro de ancho, que dejó en el suelo y extendió con el pie hasta que este ocupó prácticamente todo el suelo de la caravana.

—Aquí tienes, pequeña —dijo—, lee esto.

Nell se movió hasta la parte inicial del rollo y leyó en voz alta las enormes letras negras, que decían: «Museo de cera de Jarley».

—Léelo otra vez —pidió la mujer, complacida.

—Museo de cera de Jarley —repitió Nell.

—Esa soy yo —indicó la mujer—. Yo soy la señora Jarley.


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