La tienda de antiguedades

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La señora Jarley, delicia de la grande y pequeña nobleza y favorita de la familia real, por algún método de contracción conocido sólo por ella se había introducido en su cama ambulante, donde roncaba pacíficamente mientras su gran sombrero, cuidadosamente dejado sobre el tambor, revelaba sus glorias a la luz de una lamparilla que colgaba del techo. La cama de la niña ya estaba hecha en el suelo. Al acostarse, le produjo un gran alivio oír que retiraban la escalerilla de la puerta: toda comunicación entre cualquier extraño y la aldaba de metal quedaba por este expediente eficazmente cortada. Asimismo, por ciertos sonidos guturales que de vez en cuando ascendían por el piso de la caravana, y un frufrú de paja añadido, concluyó que el cochero se había acostado en el suelo, lo que contribuyó a reforzar su sensación de seguridad.

A pesar de estas protecciones, tuvo un sueño bastante agitado toda la noche: temía que Quilp tuviera algo que ver con el museo de cera, o que él mismo fuese una figura de cera, o que se tratase de la señora Jarley convertida en figura de cera; o él mismo, la señora Jarley, una figura de cera y un organillo todos en uno, pero tampoco ninguno de estos. Finalmente, cuando empezó a despuntar la aurora, le sobrevino ese profundo sueño que sucede al cansancio y al exceso de vigilancia, y que no tiene conciencia de ninguna otra cosa que no sea una abrumadora e irresistible sensación de placer.


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