La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En esto, apareció por la puerta sonriendo afablemente un caballero muy alto, de nariz aguileña y pelo negro, con un abrigo militar muy corto y ajustado en las mangas —en otro tiempo adornado con pasamanerÃa y alamares, y ahora tristemente desprovisto de toda guarnición y completamente raÃdo—, unos viejos pantalones grises también excesivamente ajustados y dos escarpines ya en el invierno de su existencia. Como la señora Jarley le daba la espalda, el caballero de aire militar agitó el Ãndice indicando a los presentes que no la advirtieran de su presencia y, acercándose a ella por detrás, le dio una palmadita en el cuello, gritando jocosamente:
—¡Buuu!
—¡Caramba, el señor Slum! —exclamó la dueña del museo—. ¡Santo cielo! ¡Quién iba a esperar encontrarlo aquÃ!
—Por mi alma y mi honor —respondió el señor Slum—, qué buena observación. Por mi alma y mi honor, qué sabia observación. ¡Quién lo iba a esperar! ¡George, mi preciado amigo! ¿Qué tal está?
George recibió este saludo con arisca indiferencia, observando que de salud estaba bastante bien, pero sin dejar de martillear tenazmente.