La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —He venido… —declaró el caballero, volviéndose a la señora Jarley—. Por mi alma y mi honor, que apenas sé por qué he venido. SerÃa muy complicado explicarlo, ¡pardiez! Buscaba un poco de inspiración, de refrigerio, cambiar un poco de ideas y, por mi alma y mi honor —agregó el caballero de aspecto militar, interrumpiéndose y mirando alrededor de la sala—, ¡qué diabólicamente clásico es esto! ¡Pardiez, es completamente minerviano!
—Quedará muy bien cuando esté terminado —precisó la señora Jarley.
—¡Muy bien! —convino el señor Slum—. ¿Me creerá si le digo que la mayor delicia de mi vida es haberme aficionado a la poesÃa, y pensar que he ejercitado mi pluma en este tema tan encantador? Por cierto, ¿algún pedido?, ¿alguna cosita que pueda hacer por usted?
—Tengo muchos gastos, señor —contestó la señora Jarley—, y además no creo que sirva de mucho.
—¡Shhh! ¡No, no! —replicó el señor Slum, elevando la mano—. Nada de bromas. No quiero oÃr hablar de eso. No diga que no servirÃa de mucho. No diga eso. Yo sé bien lo que me digo.
—No creo que sirva de mucho —insistió la señora Jarley.