La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Ja, ja! —rió el señor Slum—. Usted cede, usted se vuelve razonable. Pregunte a los perfumistas, pregunte a los fabricantes de betún, pregunte a los sombrereros, pregunte a los viejos loteros, pregunte a cualquiera qué les ha reportado mi poesÃa y, repare en mis palabras, cada cual bendecirá el nombre de Slum. Si es un hombre honrado, elevará los ojos al cielo y bendecirá el nombre de Slum, repare en mis palabras. ¿Conoce usted la abadÃa de Westminster, señora Jarley?
—SÃ, claro.
—Entonces, por mi alma y mi honor, señora, encontrará en el recodo de una triste columna llamado el Rincón de los Poetas unos nombres menos célebres que el de Slum —declaró el caballero, dándose expresivamente un golpecito en la frente como para indicar que habÃa una pizca de cerebro detrás—. Tengo algo aquà dentro —prosiguió, quitándose el sombrero, que estaba lleno de trozos de papel—, algo aquà dentro escrito en un momento de inspiración, que yo dirÃa es exactamente lo que se necesita para prender fuego a la ciudad. Es un, acróstico con el nombre de Warren; y la idea es adaptable, parece concebida expresamente para Jarley. Tome este acróstico.
—Supongo que es muy caro —señaló la señora Jarley.