La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Como su presencia no había interferido ni interrumpido los preparativos, estos se hallaban muy avanzados después de su partida. Cuando los festones estuvieron dispuestos con el mayor gusto posible, se procedió a descubrir la magnífica colección. Y entonces, sobre una plataforma a unos dos pies del suelo, alrededor de toda la sala y separada del rudo público por una cuerda carmesí a la altura del pecho, aparecieron diversas efigies de personajes célebres, solos o en grupos, ataviados con trajes relucientes, de varios climas y épocas, y erguidos más o menos establemente sobre sus piernas, con los ojos bien abiertos, las cavidades nasales hinchadas, los músculos de las piernas y brazos muy marcados, y el semblante expresando gran sorpresa. Los caballeros tenían el pecho sacado y muy azulada la zona de la barba; las damas tenían talles milagrosos; y tanto las damas como los caballeros miraban fijamente a ninguna parte, miraban con extraordinaria seriedad a la nada.
Una vez que Nell hubo salido de su asombro, de su éxtasis ante tan gloriosa visión, la señora Jarley ordenó a todos que salieran para hablar con ella a solas. Sentada en un sillón en el centro, la señora Jarley invistió formalmente a Nell con una varita de sauce que usaba para señalar a los personajes, y se empleó a fondo en instruirla en su nuevo cometido.