La tienda de antiguedades

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—Caballero —objetó el señor Swiveller—, no interrumpa al orador. Caballeros, ¿de qué se trata aquí? Tenemos a un simpático abuelito, lo digo con el más completo respeto, y un nieto joven, indisciplinado. El simpático abuelito le dice al nieto indisciplinado: «Yo te he criado y educado, Fred; te he puesto en la buena senda para que te abras paso en la vida; pero tú te has apartado de esta senda, como hacen por lo demás los jóvenes; y no vas a tener una nueva oportunidad». El indisciplinado joven contesta de la siguiente guisa: «Usted es suficientemente rico; no ha hecho gastos considerables por mí, está ahorrando montones de dinero para emplearlos en mi hermanita, que vive con usted de manera un tanto secreta, como a hurtadillas, pero sin que ella disfrute de la vida. ¿Por qué no puede hacer algo por su nieto adulto?». El simpático abuelito no sólo se niega a compartir su bolsa con la alegre disposición loable en un caballero de su edad, sino que estalla de rabia, profiere insultos y lo reprende severamente siempre que se encuentran. Se plantea, entonces, la siguiente pregunta: ¿no es una lástima que se mantenga este estado de cosas, y cuánto mejor no sería que el caballero entregase una razonable cantidad para que todo transcurriera de manera pacífica y amigable?




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