La tienda de antiguedades

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Tras pronunciar este discurso, acompañado de varios aspavientos, el señor Swiveller se metió de repente en la boca la cabeza del bastón como temiendo que, si añadía una palabra más, se diluyera el efecto de su discurso.

—¡Por qué me persigues, por todos los santos del cielo! —exclamó el anciano volviéndose a su nieto—. ¿Por qué traes aquí a tus compañeros de juergas? ¿Cuántas veces te tengo que decir que la mía es una vida laboriosa y abnegada, y que soy pobre?

—¿Y cuántas veces le tengo que decir —replicó el otro, mirándolo fríamente— que yo conozco bien la situación?

—Tú has elegido tu propio camino —sentenció el anciano—. Síguelo. Déjanos a Nell y a mí ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente.

—Nell pronto será una mujer —replicó el otro—, y si sólo le escucha a usted se olvidará de mí, su hermano, si no me dejo ver de vez en cuando.

—Ten cuidado —insistió el anciano con ojos centelleantes— de que no se olvide de ti cuando más te gustaría vivir en su recuerdo. Ten cuidado de que no llegue el día en que tú andes descalzo por las calles mientras ella se pasea en su propia carroza.

—Quiere decir cuando ella tenga su dinero, ¿no? —contraatacó el otro—. Vaya con el hombre pobre…


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