La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Y sin embargo… —masculló el anciano como pensando en voz alta—, ¡qué pobres somos, y qué vida esta! Y está en causa la inocencia de una niña que no ha cometido ningún daño ni entuerto a nadie. Y, sin embargo, ¡esto no prospera! ¡Esperanza y paciencia, esperanza y paciencia!
Estas últimas palabras fueron pronunciadas con una voz demasiado baja para que llegaran a oÃdos de los jóvenes. El señor Swiveller suponÃa que implicaban cierta lucha interior fruto de su anterior alocución, pues tocó a su amigo con la cantera del bastón y le susurró que estaba convencido de haber expuesto un «argumento irrebatible», por lo que esperaba cobrar alguna comisión. No obstante, tras descubrir su error un momento después, adoptó un aire amodorrado, descontento, y sugirió la conveniencia de marcharse inmediatamente. Pero en esto se abrió la puerta y apareció la niña.